¿Cómo seguir siendo el que era, ahora que Dante está atento a todo? El cree en mí, me sabe el más alto, el más lindo, el más divertido. Pateamos la pelota y cuando yo grito “gol de Boca” agitando los brazos, él hace lo propio, al grito de “voooooooooououoooooooo” (seguramente gol en su dialecto, que cuenta con infinidad de fonemas pero pocos de ellos comprensibles), creyéndome el eslabón perdido entre Maradona y Messi.
Mira, imita, graba todo en su disco rígido y así le vamos formando la personalidad, marcándosela a fuego con cada acción, cada palabra, cada gesto. ¿Cómo sopesar si en cada acto propio le generamos un daño irreversible? Por eso hay que cuidarse, y mucho. Nada de poses aputosadas frente el espejo (en chiste, claro) ni sacarse la cera del oido con un escarbadientes. No debe descubrir jamás que las uñas de los pies se pueden cortar con las uñas y los dientes ni pillarnos diciendo mentiras. Todo va a moldear su caracter, va a acrecentar sus miedos y a profundizar sus inseguridades.
¿Qué pasa si descubre ese CD de Roberto Carlos, encuentra toda la saga de Rocky en DVD, me escucha puteando como un camionero o mirando un programa de chimentos? ¿Que quedaría de todo eso en su subconciente?
Ya no puedo ser el que era, debo sacar lo mejor de mí: mirar Film and Arts, leer a Borges y desarrollar teorías pedagógicas. Ser solo mi lado blanco, ser Batman y olvidar a Bruno Diaz, ser Diego con la camiseta de Argentina y no con la camisa Versace, ser Jeckyll y no Hyde, ser Pacino en El Padrino y no en Carlito´s way, García tocando Clicks modernos y no Kill Gil.
Así Dante será cada vez mejor. Y yo también, claro, que para eso están los hijos: para hacernos cada vez mejores personas.
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